De Congo a México: 20.000 kilómetros de odisea a ningún lugar

Comparte con tus amigos...

MÉXICO – Huyendo de un conflicto interminable, en medio de la mayor crisis de refugiados en la historia, sin ninguna certeza de lo que viene. Así es pedir asilo del otro lado del mundo.

“Si nos quedábamos, nos iban a matar”, cuenta Álvaro Nguinamau: “No teníamos otra opción”. Las palabras empiezan a salir con calma de su boca. Recuerda Matadi, su ciudad natal en Congo y de como todo es muy diferente aquí. Recuerda que hace 13 años tuvo que irse a vivir a Angola, donde solo pudo estudiar hasta la primaria. Recuerda la matanza que hubo en 2009, cuando asesinaron a su padre por pertenecer a Bundu Dia Kongo, una secta político-religiosa que está enfrentada con el Gobierno. Recuerda que no sabe nada de su madre ni de su hermana menor desde entonces. Recuerda la huida con su cuñado, su hermana mayor y sus tres sobrinos hace cuatro meses. Recuerda Cuba. Ecuador. La selva en Colombia. Panamá. La anemia en Costa Rica. El atraco en Nicaragua. Honduras. Guatemala. La llegada a Tapachula. La espera en Piedras Negras, en la frontera norte de México. Álvaro Nguinamau recuerda que tiene 16 años y que busca asilo en Estados Unidos.

La odisea de Nguinamau empezó el pasado 30 de mayo. Nadie le dijo que serían 20.000 kilómetros de viaje, que no había fecha ni destino de llegada. Nunca había escuchado de Piedras Negras. “No sabíamos nada de México ni conocíamos nada de América, solo lo que habíamos visto en las películas”, admite en francés. “¿En Estados Unidos? No, no tengo familia ni amigos allá”, dice en el portugués que aprendió en Angola. “Es igual, da igual”, zanja en el poco español que aprendió en las últimas semanas. “No nos importa a qué parte vamos de Estados Unidos, solo queremos llegar”, dice después de esperar 14 días en un modesto albergue a seis kilómetros de la tierra prometida. Sin ninguna certeza de lo que pasará del otro lado de la frontera.



La ola de violencia en la República Democrática del Congo, hundida desde 1997 en uno de los conflictos armados más cruentos del mundo, ha desplazado a 4,5 millones de personas dentro de sus fronteras y ha forzado el éxodo de casi un millón de refugiados en los últimos dos años, según Naciones Unidas. Casi todos se quedan en los países vecinos, menos llegan a las puertas de las antiguas metrópolis coloniales en Europa y una fracción minúscula decide probar suerte en un camino insólito, del otro lado del Atlántico. La ruta se dibuja a través de un complejo entramado de contactos, mafias, restricciones migratorias y recovecos geopolíticos. Sacan una visa para Cuba, vuelan a Ecuador porque no les pide visa, cruzan en autobús a Colombia, se adentran en lancha al istmo centroamericano, caminan por la selva hacia el norte, culminan en el desierto el tramo mexicano.

Todo esto mientras más de 25 millones de refugiados abandonan sus hogares por otros conflictos y buscan las mismas oportunidades en todo el mundo. “Jamás se había visto algo así”, sentencia Chris Boian, portavoz de la oficina de Acnur en Estados Unidos. La ruta americana es mucho más larga, mucho menos competida e igualmente peligrosa que las otras. “La llamamos la ruta de la muerte”, afirma Charlie, una refugiada de Kinshasa de 31 años: “Si estamos vivas es por la gracia de Dios”. En total, casi 400 inmigrantes africanos, casi todos congoleños, han llegado en los últimos tres meses a Piedras Negras. Cerca de 100 aún esperan resolver su situación migratoria, según el Gobierno local. No se trata solo de “buscar una vida mejor”, sino de salvar la vida. Y en el momento más complicado de la historia para hacerlo.

La mayoría son familias. La mayoría son preguntas. El Gobierno ha abierto siete albergues y ha creado una lista informal para gestionar los trámites, que duran varias semanas, incluso meses. Para empezar. Después tienen que defender su petición y justificar que su vida corre peligro ante un juez en Estados Unidos. La mayoría no habla inglés. “¿Cuándo pasamos? ¿Cuántas personas hay en la lista? ¿Sabes algo de la lista?”, pregunta ansioso Janvion, el cuñado de Nguinamau. El compromiso de los estadounidenses es agilizar el proceso y aceptar hasta 10 personas por día. A veces piden una familia, otras piden hombres solteros, hay días en los que no piden a nadie, explican los encargados de los albergues.

“La espera es la parte más complicada, sentir que estoy a punto de llegar”, admite Jojo, un activista congoleño de 44 años. Un puente de 565 metros divide a Piedras Negras de Eagle Pass, en Texas. En el lado estadounidense, un campo de golf corona el paso fronterizo. Del lado mexicano, un apacible malecón se extiende a lo largo del río Bravo. La tentación de cruzar —solamente un río más— es grande, pero los peligros también. Al menos 296 inmigrantes han muerto este año mientras intentaban alcanzar territorio estadounidense, de acuerdo con Naciones Unidas. Y ser aprehendido por la patrulla fronteriza echaría por la borda todo el proceso y los 12.000 dólares que invirtió para traer a su esposa embarazada de ocho meses y a sus dos hijos hasta aquí.



“No sé nada de mi esposo ni de mi hija desde que cruzaron hace dos semanas, estoy varada aquí y no puedo hacer nada, la lista no avanza”, cuenta desconsolada Pamela, de 31 años, que busca ser admitida en Los Ángeles junto con su bebé Mesi, de un año. Ellos fueron los últimos en unirse a un grupo que se fue el pasado 28 de septiembre a Nuevo Laredo, una de las ciudades más peligrosas del país, ante el rumor de que las solicitudes se tramitan más rápido allá. Así como la idea de que Piedras Negras era un punto de salida seguro y poco saturado atrajo a cientos aquí. Un día después, en aquella habitación con más de 40 personas solo queda un rastro de juguetes tirados, colchonetas apiladas y un poco de comida que dejaron atrás.

Es un cuello de botella que se asoma en México y que se origina del otro lado de la frontera. Cada vez se acepta a menos. El Gobierno de Donald Trump redujo en 2017 las vacantes para todos los refugiados y aceptó solo a 45.000 de todo el mundo, la cifra más baja desde 1980. Su Administración ha fijado para este año el número de acogida en 30.000, el mínimo histórico. Los efectos son dramáticos y palpables. El número de refugiados congoleños admitidos en Estados Unidos cayó un 78% en menos de un año, al pasar de 5.179 en el último trimestre de 2016 a 1.154 para el mismo periodo de 2017, de acuerdo con los últimos datos disponibles.

Las altas tasas de rechazo suponen un reto para las autoridades en ambos lados de la frontera. “Deportar a un africano no es fácil, sobre todo por el aspecto económico”, indica el padre José Valdés, el coordinador de la red de albergues. “Esto no tiene solución, son las leyes de Estados Unidos, no podemos imponerles nada”, dilapida. México está optando por ampliar los permisos de tránsito de 15 días que ya dio a los solicitantes de asilo. Y por deportar. Entre enero y agosto de este año han sido expulsados 240 congoleños, un 25% más que en el mismo periodo de 2017, según datos oficiales. Se sabe que están llegando más, que se está devolviendo a más, pero no hay cifras de cuántos están en tránsito en los boletines migratorios del Gobierno.

“No sabemos cuándo”, dice Jojo resignado. En la última parada de un recorrido por más de 10 países solo queda esperar. “Si Dios quiere, cruzamos hoy, lo único que sabemos es que no vamos a regresar”, agrega antes de volver con su familia y otros 120 inmigrantes que aguardan su turno para llegar a Estados Unidos. Del otro lado del mundo, tras cuatro meses de viaje, en una odisea hacia ningún lugar.